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janeiro 03, 2005

TURQUÍA Y LA UNIÓN EUROPEA


FONTE: ABC

«Debe ser atinado aceptar un mayor avance del deseo turco de unirse a la Unión Europea. Rechazar a los turcos inclinaría el equilibrio del debate en contra nuestra, no sólo en Turquía, sino en todo el mundo islámico»

El actual debate me hace recordar la primavera de 1992. El Gobierno conservador británico acababa de obtener una victoria electoral inesperada bajo el liderazgo de John Major. Yo seguía siendo Secretario del Foreign Office, pero debido a la incertidumbre electoral no tenía planes de viaje inmediatos. Decidí ir a Turquía, para estudiar con el primer ministro Demirel y sus colaboradores la relación de su país con la UE. En aquel momento, yo creía que ésta nunca estaría dispuesta o sería capaz de absorber a Turquía como miembro de pleno derecho. Por consiguiente, hace doce años, exploré con los turcos exactamente el mismo plan que ahora proponen algunos dirigentes europeos como si fuera nuevo. Sostuve que Turquía era única, demasiado especial, de hecho, como para quedarse satisfecha con la simple pertenencia a la UE. Nuestro objetivo debería ser, dije, una alianza excepcional entre la UE y Turquía, que no se uniría como miembro pero estaría vinculada mediante amplios acuerdos negociados que abarcaran la política exterior, incluida la defensa, así como el comercio y las finanzas. Esto, insinué, no reduciría en modo alguno la importancia de Turquía; por el contrario, reconocería su peculiar importancia para Europa.

Mis argumentos cayeron en saco roto. Nunca tuvieron la más mínima oportunidad. Incluso entonces, los turcos tenían claro que había que escoger entre la adhesión plena o la exclusión. Cualquier acuerdo especial sería un término medio inaceptable. Si eso era cierto entonces, lo es todavía más ahora, cuando Turquía tiene un Gobierno firmemente dedicado al ingreso y que ya ha asumido riesgos considerables para que éste se produzca. Personalmente, he cambiado de idea. Ahora creo que los ministros de la UE hicieron lo correcto este mes cuando decidieron iniciar las negociaciones para la adhesión de Turquía. Reconocieron que dichas negociaciones durarán varios años y tienen que superar varios obstáculos todavía existentes, de los cuales la disputa sobre Chipre es el más grave. Resulta inevitable que esta perspectiva provoque debate y oposición en la opinión pública europea. Ciertamente se trata de un paso gigantesco.

No deberíamos demorarnos demasiado en el argumento de que la Unión Europea es un club esencialmente cristiano cuya naturaleza quedaría arruinada al admitir a un país musulmán. Podemos sentir nostalgia por la desaparición del concepto de cristiandad sin engañarnos respecto a la verdadera naturaleza de la sociedad europea actual. Aun conservando características nacionales y compartidas, casi todos nuestros países son una mezcla de credos diversos, a los que se añade el enorme ejército de los indiferentes. Más convincente es el argumento político. De hecho, hace doce años era posible creer que la entrada de Turquía destruiría la perspectiva que la UE tiene de convertirse en una unión política y económica fuertemente integrada, con las características de un superestado europeo. Pero esa perspectiva, si alguna vez existió, ha sido destruida por la ampliación de la UE a 25 países. Nuevamente, se puede permitir la nostalgia a aquellos que tal vez lloren el deceso del noble ideal de la integración total. Pero todos los tratados recientes, desde Maastricht hasta el actual proyecto de Constitución, resaltan que el poder dentro de la UE no está concentrado en la Comisión supranacional, sino en el Consejo de Ministros, que representa a los Estados nacionales y está cada vez más influido por el Parlamento Europeo elegido. Cualquier ampliación complica esta estructura de poder al aumentar el número de actores en el Consejo, un hecho que justifica las propuestas que el proyecto de constitución hace de simplificar los procedimientos y aumentar el uso de la votación mayoritaria. La posible llegada de Turquía sería una complicación adicional, pero en absoluto un revés de la naturaleza. La idea de superestado europeo ya está muerta.

¿Mantiene esto a la UE, según nos dicen los tradicionalistas nostálgicos, como una primitiva área de libre comercio? Ni mucho menos. La Unión Europea tiene tres características, todas las cuales se verían potenciadas por el probable ingreso de Turquía. En primer lugar, avanza hacia un mercado único, en el que se da un elevado grado de armonización mucho más profundo que la eliminación de las barreras comerciales en las fronteras. Antes de que Turquía pueda igualar siquiera el progreso imperfecto de los actuales Estados miembros, hace falta negociar mucho. Como en anteriores ampliaciones, podrían negociarse retrasos en la aplicación del derecho comunitario pleno, por ejemplo, sobre la complicada cuestión del libre movimiento de trabajadores. En segundo lugar, la UE es una unión de democracias basada en el imperio de la ley y el respeto a los derechos humanos. Todos los españoles, quizá más que los británicos, conocen la importancia y el poder de esta característica. Ya ha movido al Gobierno y al Parlamento de Turquía a transformar partes de su derecho penal. Este proceso, ni mucho menos completo, equivale a un sensacional paso adelante. En tercer lugar, la posición estratégica clave de Turquía, situada en el eje entre los Balcanes, Oriente Próximo y el Cáucaso, la convierte en un aliado crucial para la búsqueda de un orden mundial estable. Estas tres son zonas extremadamente problemáticas en un mundo distinto y más peligroso que el que contemplábamos en 1992. En las tres, parte de la respuesta radica en una alianza válida y coherente entre la UE, Estados Unidos y participantes locales. El ingreso de Turquía en la UE aumentaría enormemente la fuerza de Europa en esas alianzas. Esto es particularmente cierto si el tema se centra en el debate que se da dentro del Islam. Turquía es hasta ahora el único país islámico que ha resuelto decisivamente ese debate a favor de la democracia y la amistad con Occidente. Debe de ser atinado aceptar un mayor avance en esa dirección, contenido en el deseo turco de unirse a la UE. Rechazar a los turcos inclinaría el equilibrio del debate en contra nuestra, no sólo en Turquía, sino en todo el mundo islámico.

Lord Hurd of Westwell fue secretario del Foreign Office entre 1989 y 1995 y anteriormente ministro del Interior y secretario de Irlanda del Norte

Publicado por esta às janeiro 3, 2005 12:39 PM