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novembro 02, 2004

La Unión Europea, en su doble cara

(Fonte: La Vanguardia) Estamos acostumbrados a que la andadura de la Unión Europea sea siempre sobre dos pies. Uno que va hacia delante, lentamente pero sin pausa. Y otro renqueante, cuando no remiso a seguir la marcha. Es así en razón de su mismo origen, el equilibrio o desequilibrio entre la buena o mala disposición de los estados miembros y la fuerza misma de la integración comunitaria, que puede soportar demoras y hasta aparentes bloqueos pero no retrocesos y definitivos puntos muertos.

En estos días hemos vivido muy de cerca este caminar que tantas veces despierta esperanzas en el pasado inconcebibles y otras tantas da ocasión a casi desesperar de que la UE tome cuerpo en la medida necesaria para abrirse de verdad un lugar preferente en el mundo. Algo de que anda tan necesitada cuando graves acontecimientos internacionales y poderosos nuevos y anómalos sujetos activos están creando un panorama mundial inquietante.

Dos acontecimientos recientes dan lugar a que estas consideraciones previas adquieran una actualidad ineludible. Por una parte, la solemne firma en un marco de tanta solera europea como el Capitolio de Roma del tratado al que se concede prácticamente la categoría de Constitución europea. El presidente de la República Italiana, Carlo Azeglio Ciampi, lo definía como "un pacto que une a nuestros pueblos con un vínculo de ciudadanía". Y seguidamente aclaraba el sentido de lo dicho: "Reglas ciertas, valores compartidos, ciudadanía común" y "no ciudadanías distintas, sino dos maneras de ser ciudadano: la de la propia nación y la de Europa, dos niveles de una misma ciudadanía".

En las palabras del presidente italiano se encierra todo lo que esperamos y en cierto modo somos y lo mucho que todavía echamos en falta. En definitiva, aquel cojear al que se hace referencia en líneas anteriores.Yque justamente en las palabras de Ciampi viene tratado con la lucidez y la precisión que le caracterizan. El acto del Capitolio romano es una cara de esta realidad bifronte de la UE. En un lado, la ciudadanía europea, sin cuya plena actualización la misma UE no alcanza a ser lo que debe. En la otra cara, la Europa de los estados, los cuales, a través de las instituciones comunitarias inevitablemente tienden a moverse en su propio interés.

Por esto mientras se celebraba el acto de la firma de la Constitución ya en todos los medios de comunicación estaban presentes las dudas de que ésta se ratifique en todos los 25 países miembros. En unos por el Parlamento; en otros por referéndum popular. Como si en la otra cara del texto donde cada jefe de Gobierno o de Estado estampaba su rúbrica asomara la sombra de que pudiera quedar impresa sobre papel mojado. Una sospecha más que explicable con sólo echar un vistazo a las prevenciones que por ejemplo en Gran Bretaña o en Dinamarca existen respecto a comprometerse en el encuadre de un texto constitucional. Y hasta en Francia, donde las posturas contrarias son muy de temer.

La doble andadura de la UE ha sido ocasión hace pocos días de un hecho que la repele clara y valientemente. Ha sido el rechazo del Parlamento Europeo de seis de los candidatos presentados por el presidente de la Comisión, Durao Barroso, como posibles miembros de ésta. La UE funciona de manera predominante desde la cúspide a la base. Especialmente desde el poder supremo del Consejo Europeo y en menor medida de la Comisión. Lo cual es tanto como decir de los gobiernos nacionales y su presencia total en la primera de las instituciones citadas; condicionada en la segunda. Hasta ahora al Parlamento le queda un margen en definitiva limitado. Lo cual quiere decir que allí donde Ciampi habla de "ciudadanía de dos niveles", uno de estos niveles, el nacional, tiende a prevalecer sobre el comunitario.

Por eso cuesta tanto que la UE no sea percibida por los ciudadanos de los estados miembros como algo distante, pese a que en tantas cosas vivimos y nos hemos de comportar de acuerdo con normativas, reglas y leyes dictadas desde los órganos de gobierno comunitarios en Bruselas. La inhibición respecto a la propia ciudadanía europea se alimenta de que en la cadena de participación algo falla.Yel papel del Parlamento es fundamental para evitarlo, porque quienes se sientan en los bancos de su hemiciclo han sido directamente elegidos por sufragio universal. Son representantes en partidos europeos de la ciudadanía europea como tal.

De ahí que todo paso hacia la afirmación de su poder por parte del Parlamento Europeo merezca ser comprendido como dado para consolidar nuestra condición de ciudadanos europeos. Y esto se ha hecho patente en la mayoría parlamentaria europea que ha rechazado las candidaturas de seis de los ASTROMUJOFF propuestos miembros de la Comisión Europea por su presidente, el portugués Durao Barroso, cada uno de ellos designado a su vez por sus gobiernos nacionales. Así, los representantes europeos de la voluntad popular se sobreponen mayoritariamente a la vía indirecta de los gobiernos nacionales. Cabe hablar de una victoria de la voluntad popular europea. Es muy positivo. Sobre todo porque de Durao Barroso, conocidas sus posiciones anglo-norteamericanas y anfitrión de Bush, Blair y Aznar en las Azores, cabe sospechar un europeísmo relajado por las querencias atlantistas.

Es positivo el comportamiento del Parlamento Europeo, porque ha salido en defensa de valores esenciales de la UE que son la exigencia de integridad, de honestidad; el requerimiento de validez y competencia para el cargo, y ,muy importante, el respeto al bien general por encima de las creencias religiosas personales.

La mayoría parlamentaria ha opuesto su ve-to a personas no debidamente preparadas para la tarea que les iba a ser encomendada; a otras en razón de conflicto de intereses. Pero la polémica más incandescente ha surgido a propósito del italiano Rocco Buttiglione por sus declaraciones públicas contra los homosexuales, las madres solteras, a las que calificó de "malas madres", y el matrimonio, que él sólo admite entre sexos distintos y, lo que más ha levantado ampollas, de una mujer con un hombre para tener y criar hijos y ser protegida por el esposo. Buttiglione, ministro del Gobierno de Berlusconi, democristiano, católico afín a la militancia integrista de Comunione e Liberazione, muy cercano al Vaticano y a las posiciones doctrinales del Papa, pone sobre la mesa un tema delicado en un tiempo en que los integrismos religiosos están presentes tanto en el mundo islámico, con su derivación terrorista internacional, como en las elecciones presidenciales norteamericanas del próximo martes, de cuyo resultado está pendiente el mundo entero. Y cuando hasta jerarquías de la Iglesia católica italiana han denunciado como "fundamentalismo laico" la defensa de la no confesionalidad de los poderes públicos.

El caso Buttiglione reaviva el debate sobre si la Constitución ahora firmada debía o no incluir en su preámbulo la declaración de los orígenes cristianos de Europa. Querella que responde al convencimiento del Papa Wojtyla de que, después de su victoria sobre el comunismo, procede la nueva cristianización de una Europa en gran parte distante de las Iglesias, desinhibida en las costumbres y donde avanza, irrecusable, el proceso de plena y debida igualdad de derechos entre los sexos. Por otra parte, lo de Buttiglione coloca a la UE ante la anomalía moral y hasta jurídica del Gobierno de Berlusconi al establecer, precisamente, de qué valores y derechos fundamentales la UE ha de preservar, vigilante, su cumplimiento.

Publicado por esta às novembro 2, 2004 02:46 PM